Por fin “UTERO” y OCRAM nos entienden!
La farsa y el psicosocial han tenido que llegar al límite del hedor para que los periodistas reflexionen sobre sus propias inconsistencias y la vergonzosa labor policial para tapar fosas, mentiras y petroescándalos. A continuación, tal vez el más lúcido de los análisis de OCRAM:
Pishtacos de la prensa
En la red la noticia también se tomó con escepticismo. Las burlas y cuestionamientos eran contínuos y consiguieron que los columnistas de la prensa escrita empezaran a preguntarse qué tapaba este caso. Todos coincidieron que la Policía trató de ocultar el Escuadrón de la Muerte de Trujillo, una investigación de Ricardo Uceda publicada en el último número de la revista Poder. Finalmente, María Elena Hidalgo de la República llegó al Monzón y desbarató la patraña.
Pero, entonces ¿qué había pasado? ¿Fue una cortina de humo con complicidad de la prensa? ¿Por qué recién después de dos semanas el periodismo empieza a cuestionar la historia de los pishtacos?
La respuesta es sencilla. La Dirincri es la dirección de la policía que investiga asesinatos. Por tanto, es la fuente inagotable de esos rojísimos casos policiales que nos tienen tan entretenidos: Miriam Fefer, Marco Antonio, Alicia Delgado y todas esas interminables sagas que llenan páginas y minutos de nuestra dosis diaria de información.
Y tú no te puedes ir contra tu fuente pues.
Si al público le gusta la noticia grasosa y la policía te da la grasa en cuentagotas, tú periodista tienes que andar en buenas migas con el policía pisthaco. Así de sencillo. Durante todo este año, especialmente, lo que decía la Dirincri iba a misa (o a la página central o al noticiero).
Pues bien. Ahora que se está desarmando el tinglado (esperemos también la cabeza del ministro Gorgory), vale la pena revisar cómo todo esto ocurrió antes y volverá a ocurrir. Acá abajo les pongo un estudio de Eduardo Dargent, profesor de la PUCP, sobre la relación entre la prensa y la policía en el año 2003. Dice Dargent:
El artículo analiza una supuesta “ola de secuestros” que la prensa escrita limeña reportó entre septiembre y octubre de 2003, y cuyo punto más alto fue el secuestro por más de un mes del menor Luis Guillermo Ausejo (LGA). En este caso se aprecia cómo la prensa “seria” de Lima –Correo, El Comercio, La República y Perú 21- declaró la existencia de una ola de secuestros que no existió en realidad, incrementando la sensación de que los secuestros estaban en claro aumento y el interés político sobre este delito. El estudio, además, documenta la dependencia de los medios de fuentes de información oficiales que logran filtrar sus versiones como si se tratase de información real.
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